Tan lejos y tan cerca al mismo tiempo
Francisco Villalobos Santos
“Tan lejos de talento” es el título que acabará definiendo la muestra de Fernando G. Méndez para la sala de exposiciones de la facultad de Bellas Artes de Granada, otorgando sentido y concreción a la obra que desde hacía meses venía desarrollando. Un título desde el que se posiciona en un lugar diferente al de la destreza técnica o artística, precisamente para reivindicar otro tipo de sofisticación que apunta a la espontaneidad de un
gesto sincero sin más pretensión que la impecabilidad del propio acto que nos pone en escena. Bienvenido lo torcido, desviado, inacabado, innoble… lo que se halla fuera de la norma que regula lo correcto o conveniente. Pues ahí podríamos quizás hallar el fuego, la chispa, los que nos enciende, lo que nos moviliza.
El primer foco apuntaba a una investigación plástica sobre los vínculos, sus propios vínculos, sus referentes, fuentes de influencia o nexos de fuerza con los que su discurso conecta. Tras meses de lectura, reflexión y diálogo, un periodo donde se iban intuyendo algunas piezas con gran concreción; Fernando pasa a la acción dejando de lado toda la teoría, ya ha visto y sólo tiene que dar cauce a lo que ya ha visto. Ahora toca hacer, hacer y hacer… Y ya no se plantea el significado de cuanto en su proceso se viene fraguando, son las manos las que piensan, todo este bagaje se ha instalado en su propio cuerpo, o quizás son los propios materiales
que ha ido seleccionando los que vehiculan la maniobra.
Pero en su forma de idear o componer todo sucede al unísono, realmente no son los materiales los que conducen el proceso, tampoco es la idea conceptual la que lo guía, la intuición viene por otro lado. Observando el modo en que me hablaba de una nueva pieza, un nuevo dispositivo que se adentraba en su universo de sentido, ésta aparece como una visión repentina o imagen muy concreta: Un Duchamp siamés, una tira de gorras cosidas, una cinta de Moebius hecha de ladrillos embridados, una torre de cajas de Joselito, varias efes de neón… todas ellas se hacen visibles al ser imaginadas y transmitidas por el propio artista, todas ellas contienen ya en su idea inicial una materialidad especial que las hace palpables. Y es a partir de este proceso de visualización donde se van definiendo los materiales, así como los múltiples sentidos que dichas obras hacen resonar.
Es interesante ver su actitud ante las piezas ya materializadas, su resistencia a asimilarlas a una significación o sentido concreto, situándolas como un espejo frente al cual el espectador hace su propia lectura y extrae así su propio sentido, ya sea este político, social, espiritual, biográfico…
“Tan lejos del talento” es un título que le fue revelado en sueños, hallando en él la guinda que reorganizaba y daba sentido a la producción en la que se hallaba. Aún recuerdo cómo me lo contó, como una aparición o señal momentánea, como procedente del mismo fondo inconsciente del que
surgen sus obras. Un título trazado con spray fluorescente a la entrada de la sala y tachado con una línea roja también fluorescente, como quitando solemnidad y cuestionando ese halo que en ocasiones envuelve al arte. Debajo su nombre escrito con la misma fugacidad y también tachado, quizás mostrando la irrealidad de la figura también soñada del artista. Quitando el acento de la máscara y de la mirada superflua que se queda en la superficie de las cosas, para poner la atención en el meollo
que se juega detrás de toda escenografía cotidiana.
No hay nada que demostrar, incluso podríamos decir que no hay nada que mostrar, sino que su impulso brota del hecho de ir generando un espacio donde reconocerse, una especie de altar de la memoria. De ahí la posibilidad de contemplar la obra en conjunto como una especie de mapa personal que le permite ver el punto en el que está, el lugar del que parte, los hitos que marcan su recorrido, los referentes integrados, reinterpretados y vomitados ya como otra cosa. Así el proceso creativo se revela como una especie de gimnasia que genera huellas, zonas de
resonancia, tránsitos, lugares de encuentro, hábitos, juegos…
La obra es directa, sin maquillaje, sin nada que filtrar, sólo hay que ver donde nos lleva, donde nos sitúa, como nos hace funcionar.
Pero ¿Dónde se sitúa su obra en la escena contemporánea? ¿Cómo contextualizarla? En el mejor de los sentidos podemos decir que la obra de Fernando es actual, como una asimilación de los debates y tendencias de las últimas décadas, intrincada en el presente, con un predominio de materiales industriales de bajo coste, con retazos del punk, la impronta
espontánea del grafiti, con una objetualidad que apunta hacia la escultura y la instalación performativa, hallándose la escala de su corporalidad presente en cada pieza.
Parafraseando a Fernando podría decir al acabar el montaje de la exposición: “No sé lo que he hecho, había que hacerlo, para una vez realizarlo poder deducir lo que aquí hay, lo que todo esto implica”. Y es que su obra sigue un dictado interno y asignificante que se torna fuente de sentido una vez ejecutado. Cada exposición supone un antes y un después, una especie de rito de paso, un espacio de autoconocimiento
y autotrascendencia de sus propios límites o acotaciones. Una forma de poner en duelo lo que se quiere superar para que al prender la hoguera toda esa energía nos vuelva renovada.
Como nueva fuerza, vitalidad, impulso…